El camino del investigador

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El camino del investigador
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Zorba J. Hernández, Aldo H. Romero y Jorge Serrano
 
                     
En este nuevo milenio, cuando la ciencia y la tecnología
generan el desarrollo y crecimiento de los países, y por ende pro­gre­so a sus pobladores, son los países del Grupo de los ocho los que más apoyan la investi­ga­ción científica y tecnológica, creando grandes institutos y centros de investigación, además de ser los que proporcionan más recursos a las universidades. Por otro lado está el es­fuerzo de los gobiernos para que los nuevos descubrimientos sean integrados a la produc­ción industrial. Como consecuencia de esto, se tiene la ne­cesidad de formar recursos humanos tan­to para la investigación como para la operación y seguimiento de nuevas tecnologías y descu­brimientos; y es aquí donde el “prin­cipiante de inves­tigador” o estu­diante de último año de ca­rrera, maes­tría o doc­torado, tiene que emprender y ceñirse a lo que implica el cami­no del investigador.
 
Etimológicamente hablando, la palabra investigar provie­ne del latín in (en) y vestigare (ha­llar, inquirir, indagar, seguir vestigios), lo que conduce al concepto más elemental de des­cubrir o averiguar alguna cosa, seguir la huella de algo, explorar. De esta manera se po­dría considerar que un in­ves­tigador es aquella persona que se dedica a alguna actividad de búsqueda, independien­temen­te de su metodología, propósi­to e importancia. Como el ser huma­no tiene una tendencia na­tural a buscar el sen­tido de las cosas, se deduce que exis­ten diversos tipos de investi­ga­ciones, desde las más ele­men­tales y co­ti­dia­nas con las cuales se busca am­pliar el hori­zonte de los obje­tos conocidos, has­ta la inves­ti­gación científica con caracterís­ticas propias de eficacia superior.
 
Para que alguien pueda lle­gar a ser un buen investigador pensamos que se deben tener las siguientes actitudes: entusiasmo, curiosidad, concentración y disciplina. El entusiasmo lo podemos entender como la capacidad de ilusionarse por los detalles y las imágenes glo­bales de la naturaleza, el gusto por saber, por aprender cosas nuevas todos los días. Sólo las personas entusiastas son capa­ces de vencer los desafíos de lo cotidiano y pasar a una nue­va situación. Una persona entu­siasta habla de retos y descono­ce lo que son los problemas.
 
La curiosidad es cuestionar las cosas que uno observa; ¿có­mo funcionan las cosas?, ¿qué propicia los eventos? Albert Einstein dijo: “no tengo talentos especiales, pero sí soy profundamente curioso”. Por otro lado, la concentración es enfocarse en un tema hasta ha­cer de ello una obsesión, lo que nos lleva a crear un gran nú­mero de preguntas retóricas; como dijo Théophile Gautier: “para reducir lo infinito a lo finito, lo inasequible a lo humanamente real, no hay más que un camino: la concentración”.
 
La disciplina nos lleva a construir y a depurar hábitos que nos servirán de mecanismos de protección ante per­tur­baciones; es el hábito íntimamente asociado al auto­control. A largo plazo, el trabajo cons­tan­te nos lleva a conseguir un objetivo, llámese descubrimien­to, innovación tecnológica, nue­va aplicación, etcétera.
 
La disciplina es útil para en­trar en el estado mental ade­cua­do según la situación y el momento, sirve para poder detectar y moldear nuestro estado de ánimo, contar con ella ayuda a saber cuándo esforzarnos has­ta la saciedad o incluso rede­finir el rumbo. También es cier­to que cuando nos encontramos en situaciones di­fíciles, continuar trabajando dis­cipli­na­da­men­te nos ayuda a salir ade­lan­te. Tra­bajar siempre por obje­tivos, si­guiendo nuestra mo­tivación más profunda, nos conducirá a tener logros constantemente, los cua­les nos mo­tivarán a su vez a se­guir ade­lan­te mejoran­do la autoestima. La constancia nos lleva a seguir aprendiendo y esto nos ayuda­rá a alcanzar nuestras metas. Además, tener la disciplina de realizar un traba­jo ordenado y sistematizado nos permitirá ob­tener más rápido los resultados deseados o in­clu­so saber que vamos en una dirección equi­vo­cada para lo que estamos buscando.
 
También es importante tener claridad en cuáles son nues­tros objetivos, saber qué tema de in­vestigación queremos desarro­llar, cuáles son las razones por las que se quiere hacer. Resol­ver esto nos proporciona moti­vación.
 
Algunas preguntas fundamentales para elegir el tema de investigación son: ¿qué vamos hacer?, ¿qué temas vamos a ele­gir?, ¿por qué escogemos es­tos temas?, ¿cuál es nuestra mo­tivación en ello?, ¿cuál tema es el más viable con los recursos que tenemos o podemos conseguir?, ¿cómo vamos a es­tructurar la investigación?, ¿cómo la vamos a llevar a cabo?, ¿cómo obtendremos el fi­nan­cia­miento?, ¿cuándo realizaremos las actividades programadas?, ¿en dónde las vamos a realizar?, ¿dónde vamos a elaborar los ma­teriales?, ¿en dónde vamos a realizar las me­dicio­nes y para qué?, ¿cuál es la finalidad prác­tica de nuestra investigación?, ¿a quien le va a servir?, ¿qué nos va a aportar? Una vez teniendo claro hacia dónde se de­ben dirigir los esfuerzos, es mo­mento de comenzar.
 
Elegir supervisor
 
Es muy importante decidir quién va a dirigir nuestro trabajo, pues debe ayudarnos a escoger el tema y sugerirnos posibles soluciones en situaciones difíciles. Debemos buscar a aquel cien­tí­fico que pueda apor­tar a nues­tra investigación conocimien­to, experiencia y recur­sos mate­ria­les. Una manera de evaluar el potencial de dicho in­vestigador para el proyecto que tenemos en mente es conocer su capa­ci­dad docente, pues de­berá trans­mi­tir­nos cómo realizar el trabajo, ade­más de dominar el tema en cuestión. Del mis­mo modo, hay que conocer su capacidad como investigador para establecer co­laboraciones y así poder enri­que­cer el trabajo. Lo más conveniente es que la persona que va dirigir nuestro trabajo tenga recono­ci­miento en el tema en cuestión.
 
En nuestro desarrollo como investigadores tenemos que cru­zar varias etapas en las que la interacción con nuestro direc­tor de tesis es de vital impor­tan­cia, por lo tanto, somos nosotros los que tenemos que evaluar al investigador antes de tomar la de­cisión de parti­cipar en su proyecto de investigación. Para lo anterior hay diferentes puntos que debemos con­side­rar.
 
En el caso de una investi­ga­ción de ciencia básica, uno de los rubros importantes a tomar en cuenta es su número de pu­blicaciones, tanto en el país como en el extran­jero. De manera estimativa: si tiene maestría, uno o dos artícu­los por año; si cuenta con doctorado o post­doctorado, dos o tres artículos cada año. Para evaluar su ex­ce­lencia investiga­dora se reco­mienda conocer su trabajo in­di­vidual, es decir, el nú­mero de publicaciones como primer au­tor y el número de citas, así como su trabajo colec­ti­vo en co­labo­raciones, su parti­ci­pa­ción en congresos y seminarios.
 
Otro punto a evaluar es la docencia; se recomienda poner atención en cuántos cursos ha impartido y la calidad de éstos, conocer las tesis que ha dirigido y de qué nivel (licenciatura, maestría y doctorado) así como el éxito de los egresados de su grupo de trabajo.
 
Finalmente, se debe evaluar su acceso a grandes ins­ta­laciones (laboratorios, equipo de computo de gran capacidad, así como equipo especializado, etcétera). Si es posible, conocer cómo hace la gestión de recur­sos, es decir, cómo administra los apoyos a la investigación; esto nos dará también un buen panorama de su movilidad institucional.
 
Tipo de profesional
 
Un profesional en la industria es la persona que aplica los co­no­cimientos existentes a las ne­ce­sidades prácticas de la socie­dad. Si alguien quiere desarrollarse así, necesita tener un sólido fun­damento científico y ser capaz de usar la tecnología contemporánea. La industria buscará emplear a quien tenga la mayor cantidad de aportaciones a la ciencia y tecnología, enfatiza­rá en las colaboraciones y en la capacidad de gestión de proyectos del investigador.
 
Un docente es la persona que se dedica a la formación de recursos huma­nos y será evaluado por la facilidad que tenga para enseñar, por la cantidad de cursos impartidos, de publicaciones, de congresos, conferen­cias y semi­narios a los que ha sido invitado.
 
Un científico es la persona que por convicción se dedi­ca a la tarea de cre­ar nuevos cono­ci­mientos en su dis­cipli­na cien­tí­fica con el fin de aumentar el sa­ber del cual dispo­ne la huma­nidad, para encon­trar soluciones a las demandas de ésta y satisfacer sus nece­si­dades, por decir algo. Para poder trabajar en un centro de investigación se le evaluará por el número de pu­blicaciones y la calidad de és­tas, las aportaciones que ha rea­liza­do al conocimiento, la cola­bo­ra­ción y la gestión de proyectos.
 
Los tres perfiles a veces tien­den a unificarse en la figu­ra de un investigador de exce­lencia que contribuye al de­sarrollo de la sociedad, tanto des­de la perspectiva de acumular y trans­mitir conocimientos, como desde un enfoque práctico; esto es, que atiende las necesida­des sociales, en la medida de lo posible, en la rama del saber que le ocupa.
 
     
Referencias bibliográficas

Allègre, Claude. 2003. La derrota de Platón o la ciencia en el siglo xx. Fondo de Cultura Económica, México.
Zubizarreta, Armando. 1986. La aventura del trabajo intelectual: cómo estudiar e investigar. Addison Wesley, México.
     

     
Zorba J. Hernández
Aldo H. Romero

Centro de Investigaciones y de Estudios Avanzados-Querétaro,
Instituto Politécnico Nacional.

Jorge Serrano
Departamento de Física Aplicada,
Universidad Politécnica de Cataluña.
     

     
 
cómo citar este artículo

Hernández, Zorba J., Aldo H. Romero y Jorge Serrano. 2017. El camino del investigador. Ciencias, núm. 124, abril-junio, pp. 56-58. [En línea].
     

 

 

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