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El desarrollo de las plantas en el desierto, un enfoque desconocido

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El desarrollo de las plantas en el desierto,
un enfoque desconocido
129B03  
 
 
 
Ernesto Mascot  
                     
 
Hace algún tiempo, mientras realizaba un viaje
con un grupo de amigos al pueblo de Real de Catorce, en el estado de San Luis Potosí, me percaté de que aun cuando se trataba de un sitio con un ambiente árido, a lo largo de la carretera había bastante vegetación y unos paisajes majestuosos en donde se podía encontrar desde plantas arbustivas, cuya importancia es ser plantas nodrizas, como la conocida gobernadora (Larrea tridentata) y Cylindropuntia imbricata, pasando por diferentes especies de cactáceas como son las pertenecientes a los géneros Ferocactus, Echinocactus y Mammillaria, hasta llegar a árboles como el mezquite (Prosopis sp.) entre otras, por lo que me nació la curiosidad y comencé a investigar sobre algunas de las estrategias que utilizan éstas y otras especies que habitan en ambientes áridos o semiáridos para poder desarrollarse allí donde la disponibilidad de agua y nutrimentos es limitada.
 
Al comenzar a leer sobre estrategias de adaptación de las plantas a ambientes áridos, recordé mis clases de fisiología y morfología vegetal en donde aprendí algunas cosas al respecto, entre las más sobresalientes la modificación de sus hojas en espinas, lo que reduce la superficie de contacto con la radiación solar y se evita la pérdida de agua. Esta variación en sus hojas trajo consigo el desarrollo de un tallo fotosintético que les ayuda a realizar la función que las hojas dejaron de hacer y sin el cual las plantas no obtendrían energía para diversos procesos metabólicos.
 
Otra estrategia igualmente sorprendente en este tipo de ecosistema es la modificación de su metabolismo de C3 (el CO2 se incorpora a un compuesto de 3 carbonos en lo que se conoce como el ciclo de Calvin y los estomas permanecen abiertos durante el día) y C4 (el CO2 es incorporado a un compuesto de 4 carbonos y la planta mantiene los estomas abiertos durante el día) a cam (el CO2 es almacenado en forma de ácido antes de ser usado en la fotosíntesis y los estomas se abren durante la noche, lo que hace que la perdida de agua por evaporación sea mínima).
 
Junto con éstas, encontré que existen otras menos exploradas, las cuales actualmente están llamando la atención de muchos investigadores. Una de ellas es la asociación que se da de forma natural entre plantas y microorganismos, particularmente los conocidos como pgpr por sus siglas en inglés (rizobacterias promotoras del crecimiento vegetal) bacterias que se encuentran asociadas a la raíz de la planta y se caracterizan por brindar una gran variedad de beneficios a la planta hospedera como el incremento de la raíz, lo que da una mayor superficie para mejorar la absorción de nutrimentos y el soporte de la planta, además de regular la población de organismos patógenos al ocasionar una competencia directa tanto por espacio como por nutrimentos con bacterias benéficas.
 
Los pgpr también pueden producir fitohormonas, que son compuestos orgánicos naturales que producen las plantas en pequeñas cantidades, las cuales participan en diferentes etapas durante el ciclo de vida de la planta, fomentando, inhibiendo o modificando el crecimiento de la planta, ejerciendo una influencia sobre procesos fisiológicos como la germinación, el crecimiento, la floración, el desarrollo de tejidos, etcétera. Se han descrito diferentes tipos de fitohormonas que se expresan según el tipo de órgano al que van dirigidas y tienen efectos sobre alguna fase del crecimiento vegetal —actividad que, además, está determinada por la edad de la planta y las condiciones ambientales. Se sabe que algunas cepas bacterianas tienen la capacidad de producir diferentes fitohormonas, entre las que se destacan el ácido abscisico (aba), el ácido giberélico (ga), las auxinas y las citocininas.
 
Dormir para vivir
 
Las semillas de especies presentes en ambientes áridos, al igual que especies de otro tipo de ecosistemas, pasan por diferentes etapas durante su desarrollo, como el estado de latencia, una fase en la que el embrión se mantiene viable pero es incapaz de germinar hasta que las condiciones ambientales sean más favorables; esta etapa es regulada por la presencia de ácido abscísico (aba), y la manera en que esto ocurre no es del todo clara aún, diversas investigaciones han sugerido que está asociada con la relación abaácido giberélico, cuando las concentraciones de aba son elevadas y la concentración de ácido giberélico es mínima.
 
Como se sabe, el agua es un recurso fundamental para las plantas y, por más sorprendente que parezca, de 100% del agua que las plantas absorben, cerca de 97% es regresada a la atmósfera por medio de transpiración, 2% es usada en el aumento de volumen o expansión celular y sólo 1% se utiliza en procesos metabólicos, predominantemente en la fotosíntesis. Cuando las semillas de cactáceas se enfrentan a la deficiencia de agua ocasionada por la ausencia del periodo de lluvias, el aba, junto con un grupo de proteínas denominadas “proteínas lea” (Lateembryogenesisabundant) forman una capa viscosa que protege a las semillas de sufrir desecación. La también llamada hormona del estrés puede ser producida por cepas de bacterias, como Azospirillum brasilense. En la fase adulta de la planta el aba regula el crecimiento, además de participar en el cierre de estomas cuando las plantas se encuentran en condiciones de estrés por falta de agua.
 
El inicio de todo
 
Cuando las condiciones ambientales son ideales para que la semilla germine, entonces actúa el ácido giberélico, una fitohormona que promueve la germinación de semillas en diferentes especies. Se ha reportado la producción de las giberelinas en cepas de Azospirillum spp. Proteus mirabilis, P. vulgaris, Klebsiella pneumoniae, entre otras. Además de participar en la germinación de semillas, las giberelinas también participan en el crecimiento vegetal y en la promoción de la floración.
 
A la fecha se han descrito más de 130 diferentes tipos de ácido giberélico, sin embargo, el único que ha demostrado tener un efecto sobre la germinación en semillas es el GA3, cuyo efecto está relacionado con factores ambientales y propios de la semilla; se ha demostrado que la exposición a la luz y un tratamiento de frío en semillas latentes pueden bajar la concentración de aba, lo que provoca un incremento en la concentración de GA3, terminando con el periodo de latencia y promoviendo la germinación.
 
Durante la germinación, el GA3 induce la degradación de las reservas almacenadas en el tejido que rodea y brinda alimento al embrión dentro de la semilla, proporcionando energía para su crecimiento, lo cual dará como resultado el desarrollo de una nueva plántula.
 
Después de la germinación, la plántula resultante necesita tener buenas estrategias que ayuden a superar las adversidades ambientales, como incrementar el tamaño de raíz, ya que es un órgano fundamental en las primeras etapas de crecimiento porque brinda alimento y defensa a la planta, además de favorecer una mayor superficie de contacto con las partículas del suelo, lo que ayuda a la toma de agua y nutrimentos.
 
Es aquí donde intervienen las auxinas, un grupo de hormonas vegetales que regulan aspectos del desarrollo y crecimiento de las plantas, principalmente del sistema radical y la formación de nódulos en las raíces. Se sabe que la producción de auxinas por parte de microorganismos está dada, entre otras, por cepas de Azospirillum spp., Agrobacterium spp. y Pseudomonas spp. De los diferentes tipos de auxinas descritas, el ácido indol3acético es el más conocido y su actividad es fundamental para incrementar la superficie de contacto de sus raíces de las cactáceas, que es de manera horizontal, ya que con frecuencia el suelo tiene poca profundidad; esto permite una mayor superficie de contacto para la absorción de nutrimentos y agua.
 
Seguir creciendo
 
Aunado al crecimiento de la raíz, es necesario que se desarrolle el tejido aéreo, y es en esto donde participan las citocininas, fitohormonas que estimulan la división celular y ejercen un mayor control sobre la división y la diferenciación celular, contrarrestando la dormancia apical y retrasando el envejecimiento de las hojas. Entre las diferentes citocininas existentes, la zeatina es hasta ahora la que mayor importancia tiene debido a su participación en procesos de división celular, ruptura de dormancia apical, floración y desarrollo de cloroplastos. Entre los microorganismos que pueden producir esta fitohormona resaltan las cepas del genero Bradyrhizobium, Rhizobium y Azospirillum.
 
Aunque existen más tipos de fitohormonas, únicamente nos enfocamos en estos cuatro, ya que son los que se sabe con certeza que pueden ser producidos por los pgpr; sin embargo, no hay que olvidar la importancia de otras como el etileno, por su participación en la maduración de frutos y la senescencia de las hojas.
 
Cada que vayas en algún viaje familiar o con amigos y te preguntes cómo pudieron haberse desarrollado las plantas que ves, que generan paisajes tan bellos en ambientes donde pareciera que no ha caído una sola gota de agua en mucho tiempo, sabrás que todo eso se debe, entre otras cosas, a las asociaciones simbióticas de plantas y microorganismos, una relación en la que ambas partes se benefician.
 
     
Referencias bibliográficas

Andrade, J. L., E. de la Barrera, C. Reyes García, M. F. Ricalde, G. Vargas Soto y J. C. Cervera. 2007. “El metabolismo ácido de las crasuláceas: diversidad, fisiología ambiental y productividad, en Boletin de la Sociedad Botánica de México, vol. 81, núm. 1, pp. 37–50.
     Bowen, G. D. y A. D. Rovira. 1999. “The rhizosphere and its management to improve plant growth”, en Advances agronomy, núm, 66, pp. 1-102.
     Hedden, P. y V. Sponsel 2015. “A century of gibberellin research”, en Journal of Plant Growth Regulation, vol. 34, núm, 4, pp. 740–760.
      Moreno F., L. P. 2009. “Respuesta de las plantas al estrés por déficit hídrico. Una revisión”, en Agronomía Colombiana, vol. 27, núm. 2, pp. 179–191.
     Taiz, L. y E. Zeiger. 2010. Plant Physiology. 5ta edición. Sinauer Associates Inc., Publishers Sunderland, Massachusetts.
     Yang, J., J. W. Kloepper y C. M. Ryu. 2009. “Rhizosphere bacteria help plants tolerate abiotic stress”, en Trends in Plant Science, vol. 14, núm. 1, pp. 1–4.
     

     
Ernesto Mascot Gómez
Estudiante de doctorado en ciencias ambientales,
Instituto Potosino de Investigación Científica y Tecnológica.
     

     
 
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La micorriza arbuscular como alternativa biotecnológica en la agricultura

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La micorriza arbuscular
como alternativa biotecnológica
en la agricultura
129B02  
 
 
 
Damián Cárdenas Hidalgo  
                     
Los microorganismos del suelo contribuyen al funcionamiento de los ecosistemas terrestres y desempeñan un papel importante en la agricultura, permitiendo la recuperación de suelos dañados y el reemplazo parcial o total de fertilizantes químicos o minerales, además de su bajo costo de producción y la posibilidad de ser producidos a partir de recursos renovables. Entre estos microorganismos se encuentran las micorrizas, una simbiosis mutualista que se establece entre hongos y raíces de las plantas que puede ser de dos tipos distintos: la ectomicorriza, que forma un manto compacto alrededor de las raicillas laterales de algunas plantas, y la endomicorriza, que invade el citoplasma de las raíces de la mayoría de las plantas en la agricultura.
 
Entre las segundas, la endomicorriza vesículo arbuscular es la más común, ya que se presenta en alrededor de 85% de las especies vegetales del planeta, en todos los ecosistemas, así como en muchos tipos de suelo y climas, lo que indica que están adaptados a diversos hábitats; evidentemente, hay factores físicos y químicos del suelo que pueden restringir su distribución.
 
Los hongos formadores de micorriza arbuscular comprenden aproximadamente 150 especies, reubicadas taxonómicamente en un nuevo phylum llamado Glomeromycota, con cuatro órdenes y ocho familias. La morfología de las esporas o propágulos producidos por los hongos son la base para la identificación de especies; la forma, la estructura superficial, la estructura citoplasmática, el color, el número y grosor de las paredes son las características que se estudian de las esporas.
 
Las micorrizas son factores determinantes en la estabilidad de las comunidades de plantas en los ecosistemas y pueden contribuir en la generación de soluciones para enfrentar problemas como la pérdida de productividad en los agroecosistemas, los procesos acelerados de erosión de los suelos y el cambio climático. Su importancia radica en que logran un incremento en la absorción de nutrimentos, en la producción de hormonas y clorofila, la vida útil de las raíces y la tolerancia al estrés (abiótico y biótico), mejoran las condiciones del suelo y ayudan al establecimiento de relaciones sinérgicas con otros microorganismos.
 
Interacción en la rizósfera
 
El suelo es la capa externa y poco compacta de la superficie terrestre en la que se sustenta la vida vegetal pues en ella las plantas obtienen nutrimentos. Es uno de los sitios más dinámicos en interacciones biológicas, en donde los hongos constituyen la biomasa dominante. Su abundancia depende de las características físicas y químicas del suelo, y su supervivencia está influida por la profundidad del suelo, ya que son más abundantes en los primeros 20 cm, y el número de esporas y el grado de radical son menores conforme aumenta la profundidad, al igual que sus posibilidades de colonizar o no los tejidos internos de la planta durante su ciclo de vida.
 
Se denomina rizósfera a la zona del suelo que rodea la raíz de las plantas y donde se genera la interacción dinámica de raíces y microorganismos; su formación depende de las condiciones físicoquímicas y biológicas de los suelos, ya que los sistemas radicales sufren modificaciones y cambian el volumen de suelo que tocan, en tiempo y espacio determinados.
 
Para que la planta crezca en altura requiere un sistema radical que le permita anclaje, colonización del suelo, absorción de nutrimentos, así como su defensa contra patógenos y enfermedades, entre otros. Para desarrollar raíces, la planta parte del carbono orgánico almacenado en la semilla y, tan pronto empieza a fotosintetizar, continúa a partir de las moléculas producto, fotosintatos que, además de formar raíces y permitir su metabolismo, liberan una parte al suelo a través de exudados radicales que son compuestos repelentes, inhibidores o biocidas segregados por las raíces, conocidos como rizodeposiciones, es decir, sustancias o estructuras celulares que son cedidas por las raíces al suelo rizosférico. Los exudados cumplen diferentes funciones en el establecimiento de la interfase raízsueloraíz y originan un efecto rizosférico multipropósito. La colonización de los suelos por los hongos micorrízicos arbusculares y la formación de la micorriza depende del establecimiento de la rizósfera para la colonización del suelo.
 
La presencia de las micorrizas puede ser nula o escasa en suelos con problemas de erosión debido a que la superficie donde habitan los hongos se pierde, al igual que en aquellos fumigados o con aplicaciones de plaguicidas en grandes cantidades y en suelos perturbados por la actividad mineral. Así también, el grado de compactación del suelo repercute en la presencia y supervivencia de los hongos micorrízicos.
 
Los hongos saprobios, aquellos que obtienen sus nutrimentos a partir de materiales orgánicos inertes como restos vegetales y animales, al igual que las bacterias, desintegran la materia orgánica. Son los agentes más importantes en la descomposición de la celulosa, hemicelulosa, pectina y lignina provenientes de los residuos vegetales. Las enzimas que descomponen la lignina (peroxidasas) también contribuyen a la descomposición de xenobióticos (compuesto químico que no forma parte de la constitución de los organismos vivos) como plaguicidas, fertilizantes químicos e hidrocarburos que se encuentren contaminando el suelo.
 
Existen microorganismos que son patógenos vegetales y producen daños considerables en los cultivos. Ciertos hongos en el suelo pueden prevenir la infección de las plantas debido a que son antagónicos a tales patógenos, esto es, compiten con ellos por nutrimentos y producen compuestos inhibitorios como metabolitos secundarios y enzimas extracelulares. Se ha observado que ciertos hongos del suelo producen compuestos que estimulan las defensas de las plantas y mejoran la resistencia a patógenos, y hoy día forman parte de los bioplaguicidas que representan una alternativa importante para disminuir el uso de químicos contra los fitopatógenos.
 
Asimilación de minerales
 
En la biósfera, los hongos participan en la degradación de la materia orgánica, contribuyendo así a la fertilidad del suelo pues forman parte del ciclo del carbono. Los hongos saprobios son agentes importantes en los procesos de mineralización, como la amonificación en el ciclo del nitrógeno y la transformación de moléculas de gran tamaño a más pequeñas o hasta CO2.
 
El suelo es favorecido por la actividad de los hongos micorrízicos arbusculares; así, su estabilidad se incrementa por los filamentos cilíndricos que conforman la estructura del cuerpo de los hongos multicelulares (hifas), ya que permiten la agregación de las partículas del suelo, lo que evita su pérdida agentes de erosión. La actividad de los hongos micorrízicos hace que las poblaciones microbianas sean modificadas, esto es, participan como agentes reguladores de microbiota benéfica y patogénica e influyen en la dinámica y fertilidad del suelo.
 
Las micorrizas aumentan asimismo la actividad fisiológica vegetal, pues incrementan el área radical y absorben N, P, K, Ca y otros nutrimentos con mayor eficiencia, producen hormonas y antibióticos que estimulan el desarrollo radical y merman las poblaciones microbianas adversas, y transforman ciertos complejos minerales y sustancias orgánicas del suelo en nutrimentos para las plantas. El manto fúngico forma una barrera física que aumenta la tolerancia al daño mecánico, las altas temperaturas, pH extremos, toxicidad por sustancias nocivas y, sobre todo, protege del ataque de fitopatógenos.
 
La micorrización induce cambios morfológicos y fisiológicos en la planta, esto propicia un incremento en el área de absorción de la raíz, lo que mejora sustancialmente la de nutrimentos, principalmente fósforo y agua. Las raíces micorrizadas son capaces de solubilizar fuentes insolubles de fósforo y presentan mayor longevidad y tolerancia a la contaminación por metales pesados que las raíces no micorrizadas.
 
Las recomendaciones de fertilización con macronutrimentos y otras prácticas agronómicas no deben realizarse solamente pensando en los altos rendimientos esperados, sino también con base en la población y actividad biológica de los diferentes microorganismos. La actividad de la biota del suelo, incluidas las micorrizas, es beneficiosa, a pesar de que no producen iguales resultados que los obtenidos con la fertilización química. El componente biológico debe considerarse dentro del manejo integrado de los suelos para alcanzar niveles de productividad rentables sin deterioro de los agroecosistemas, esto es, sustentable.
 
Conclusión
 
El estudio y la investigación que se ha realizado en los microrganismos del suelo, como las micorrizas, nos permite entender nuestro entorno natural y valorar los ecosistemas de los que el ser humano forma parte. La aplicación de microorganismos como las micorrizas en los sistemas de producción agropecuarios es una alternativa tecnológica que disminuirá el uso irracional de fertilizantes y agroquímicos, y evitar el excesivo deterioro del medio ambiente.
 
Existe cierta biotecnología agrícola interesada en la generación de nuevas tecnologías con la finalidad de reducir el uso de productos químicos peligrosos y prácticas agrícolas que tienen efectos perjudiciales en el entorno, manteniendo o aumentando los rendimientos. Los beneficios que se han expuesto en cuanto al uso de micorrizas en los cultivos muestran que esta línea de investigación biotecnológica presenta grandes expectativas de desarrollo y aplicación en los sistemas de producción intensivos en nuestro país. El fin es obtener alimentos más sanos y de mayor calidad con un menor impacto ambiental, económico y social.
 
     
Referencias bibliográficas

Abbott, L. K. y A. D. Robson. 1991. “Factors influencing the occurrence of vesicular arbuscular mycorrhizas”, en Agric. Ecosystems Environ., vol. 35.
     Alexander, M. 1977. Introduction to soil microbiology. 2a. ed. John Wiley & Sons, Nueva York.
     Bolaños, M., C. Rivillas y S. Suárez. 2000. “Identificación de micorrizas Arbusculares en suelos de la zona cafetera Colombiana”, en Mycorrhiza, vol. 25, núm. 5, pp. 387–397.
     Schenck, N.C., J. Siqueira y R. Olvera. 1989. “Changes in the incidence of mycorrhizal fungi with changes in the ecosystems”, en Interrelationships between microorganisms and plant in soil, V. Vancura (ed.), Elsevier, Nueva York.
     Schüβler, A., D. Schwarzott y C. Walker. 2001. “A new fungal phylum, the Glomeromycota: phylogeny and evolution”, en Mycol. Res., vol. 104, pp. 1413-1421.
     Waksman, S. A. 1961. The Actinomycetes. Clasification, Identification and Description of Genera and Species. William & Wilkins, Baltimore.
     Wainwright, M. 1992. An introduction to fungal biotechnology. John Wiley & Sons, West Sussex.
     

     
Damián Cárdenas Hidalgo
Centro Universitario Tenancingo
Universidad Autónoma del Estado de México.
     

     
 
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Ciencias de la Tierra, un nuevo campo de estudio

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Ciencias de la Tierra, un nuevo campo de estudio 129B01   
 
 
 
Brianda Itzel Fernández Rivas y José Luis Salinas Gutiérrez  
                     
Los fenómenos naturales que ocurren en la Tierra
como huracanes, sismos, tornados, erupciones volcánicas, tormentas eléctricas, nevadas y tsunamis influyen en nosotros como sociedad y como individuos, pero al mismo tiempo los fenómenos provocados por el hombre influyen, en diferente magnitud y escala, en el planeta.
 
A la vez, los elementos de la naturaleza vistos como recursos son medios de interacción de las sociedades humanas y el ambiente, y tienen influencia en la Tierra y en las formas de vida que lo habitan. Esta interacción se da en la cotidianidad, pues son los recursos que utilizamos, los productos que consumimos día a día, como el agua que empleamos en nuestras actividades diarias, las frutos y los vegetales que incluimos en nuestra dieta, el aire que respiramos, la energía del refrigerador, de la computadora, del radio, del celular. Con el paso del tiempo, algunos de estos recursos han disminuido por una mala administración, por un uso inconsciente, irracional e irresponsable, por falta de conocimiento y consciencia.
 
Como habitantes de este planeta, es nuestra obligación conocer acerca de los procesos, patrones, limitaciones, dinámica y, sobre todo, la importancia que implica la preservación de tales recursos. Si las personas y comunidades percibieran en forma comprensible los procesos biogeológicos que ocurren, podrían tomar mejores decisiones en cuanto al manejo y uso de los recursos naturales y, como consecuencia, lograr un mejor aprovechamiento. Para hallar un equilibrio entre explotación y desarrollo del medio ambiente deben considerarse tanto las obligaciones del ser humano como los derechos de la naturaleza, y con esa equidad obtener beneficios mutuos.
 
Con base en lo anterior, se comenzó a reconocer que existe un campo de conocimiento que abarca una serie de disciplinas que se podría denominar Ciencias de la Tierra, y que se debía establecer su enseñanza y aprendizaje, ya que conlleva la comprensión del funcionamiento y las interacciones de nuestro mundo, base de acción para contrarrestar el deterioro ambiental que sufre el planeta. Es así que el campo de las Ciencias de la Tierra nace: como una idea multidisciplinaria con el objetivo de actuar a nivel local, regional y global.
 
Este campo buscará desarrollar en los estudiantes la habilidad de comprender la forma en que la humanidad influye en los procesos que ocurren en el planeta y, al mismo tiempo, cómo la actividad del hombre altera el equilibrio de los sistemas terrestres; desarrollar capacidades para elaborar políticas de preservación y cuidado del medio ambiente y considerar la evaluación y el manejo de los recursos naturales para mantener una visión integral del equilibrio en los sistemas terrestres. Tiene la capacidad de aportar información fundamental para la protección de personas y bienes en caso de riesgos geológicos, meteorológicos y ambientales. El papel de las Ciencias de la Tierra crecerá continuamente en importancia en función de las necesidades de nuestra sociedad.
 
Una nueva carrera
 
Ciencias de la Tierra es una naciente oferta académica que ya forma parte de las 85 carreras que imparte la unam. Tiene una fecha de aprobación por el H. Consejo Universitario del 26 de marzo de 2010 y cuenta con cinco orientaciones: Ciencias Acuáticas, Ciencias Ambientales, Ciencias Atmosféricas, Ciencias Espaciales y Ciencias de la Tierra Sólida.
 
Enmarcada en el área del conocimiento de las ciencias físico-matemáticas, las ingenierías, las ciencias biológicas, químicas y de la salud, está respaldada por diversas entidades universitarias como los institutos de Geofísica, de Geografía, Geología e Investigaciones en Matemáticas Aplicadas y Sistemas, los centros de Ciencias de la Atmósfera y de Geociencias, las facultades de Ciencias e Ingeniería, además de los campus fuera de la Ciudad de México.
 
La especialización y los grandes avances tecnológicos hacen que esta nueva licenciatura se proyecte como una carrera vanguardista y de gran alcance, además de hacerla única en el estudio y comprensión de la Tierra como un sistema complejo en toda su estructura. Entre algunos de sus retos están la reducción de los efectos provocados por los desastres naturales en la población y la formación grupos interdisciplinarios que incluyan y conjunten las ciencias sociales con la química, la física, la biología y las matemáticas.
 
Al hablar del alcance que esta nueva propuesta académica está teniendo, es importante mencionar el enorme acervo bibliográfico que alberga la Biblioteca Conjunta de Ciencias de la Tierra (bcct), resultado de las aportaciones que diversos investigadores han hecho a las áreas que esta disciplina abarca. Su contenido incluye más de 500 títulos de revistas (vigentes y una colección histórica) y poco más de 30 000 libros actuales e históricos. Su colección también incluye alrededor de 7 000 mapas y 3 000 tesis, así como una base de datos especializada. Todo este cúmulo incalculable de información científica hace de esta biblioteca un recinto universitario único e invaluable para toda la comunidad académica en la que se inserta Ciencias de la Tierra.
 
Para complementar este quehacer, el programa integrado a la red temática del conacyt Complejidad, Ciencia y Sociedad denominado Atlas de la Ciencia Mexicana, indica en su publicación de 2011 una participación de 976 investigadores distribuidos en 74 entidades académicas, entre universidades, centros de investigación, colegios, comisiones, institutos, secretarías y servicios en el país, en disciplinas tan diversas y complejas como las ciencias atmosféricas, ciencias del suelo, espacio exterior, estratigrafía, exploración geofísica, geodesia, geofísica, geografía, geología, geoquímica, hidrología, oceanografía, paleontología, sismología, tectónica y otras áreas del conocimiento, lo cual nuevamente indica la vanguardia en que se desarrollan los métodos de estudio de las ciencias de la Tierra.
 
El recuento de todo lo que dispone la naciente licenciatura no incluyen los programas e iniciativas internacionales en Ciencias de la Tierra, dónde México participa activamente, lo cual, de tomarse en consideración, añade e incrementa el acervo de información y recursos con que cuenta la carrera.
 
Si se considera que el egresado de Ciencias de la Tierra tendrá una amplia extensión de conocimientos (físicos, matemáticos, biológicos, químicos, geológicos, geográficos, entre otros), además de la capacidad suficientemente para dar soluciones o sugerir propuestas a problemas de diversa índole, desde contingencias medioambientales, geológicas, climáticas y atmosféricas, hasta espaciales, todo lo cual será de gran ayuda para visualizar, comprender y explicar un futuro a corto, mediano y largo plazo.
 
Los especialistas en Ciencias de la Tierra podrán laborar en una gran diversidad de organizaciones, instituciones, agencias federales y estatales que involucran en su quehacer el componente social, político y natural, en donde podrán aplicar sus conocimientos y emplear sus habilidades para proporcionar soluciones a las consecuencias de diversos eventos de la naturaleza y de los daños que ocasiona el ser humano por el mal uso de su entorno.
 
En la actualidad es importante llevar a cabo trabajos que contribuyan al desarrollo y la aplicación de una nueva área del conocimiento, la cual implica una interacción multidisciplinaria que pueda servir de apoyo y como base para cimentar los conocimientos necesarios en el desarrollo de las Ciencias de la Tierra.
 
La investigación en este campo es fundamental y constituye una innovación relevante para lograr en el futuro un mayor conocimiento y entendimiento de nuestro entorno desde el enfoque de las ciencias y la sociedad en conjunto, lo cual significa que hay mucho por hacer. Considerando todo lo anterior, la nueva carrera de Ciencias de la Tierra posee una gran importancia para el futuro de nosotros y de nuestro planeta.
 
     
Referencias bibliográficas

Armendáriz Sánchez, S. 2008. “La Biblioteca Conjunta de Ciencias de la Tierra de la unam: a diez años de su inicio”, en Biblioteca Universitaria, vol. 11, núm. 2, pp. 163–171.
     Azuela, L. F. 2003. “La Sociedad Mexicana de Geografía y Estadística, la organización de la ciencia, la institucionalización de la Geografía y la construcción del país en el siglo xix”, en Boletín del Instituto de Geografía, 52, pp. 153–166.
      _____2009. “La geología en México en el siglo xix: Entre las aplicaciones prácticas y la investigación básica”, en Revista Geológica de América Central, núm. 41, pp. 99–110.
y R. Vega y Ortega. 2011. “El Museo Público de Historia Natural, Arqueología e Historia (1865–1867)”, en La Geografía y las Ciencias Naturales en el siglo XIX mexicano, Azuela y Vega y Ortega (coord.). Instituto de Geografía, unam, México. Pp. 103–120.
      R. Vega y Ortega y R. C. Nieto García. 2009. “Un edificio científico para el Imperio de Maximiliano: El Museo Público de Historia Natural, Arqueología e Historia”, en Geografía e Historia Natural: Hacia una historia comparada. Estudio desde Argentina, México, Costa Rica y Paraguay, Celina Lértora (coord.), vol. 2. Ediciones fepai, Buenos Aires. Pp. 101–124.
     Flores, E. C. 1999. “El Colegio de Minería: una institución ilustrada en el siglo xviii Novohispano”, en Estudios de Historia Novohispana, núm. 20, pp. 33–65.
     García Martínez, B. (1974–1975). “La Comisión Geográfica-Exploradora, en Historia Mexicana, núm. 24, pp. 485–555.
Urrutia Fucugauchi, J. 2012. “Los programas e iniciativas internacionales en Ciencias de la Tierra”, en Gaceta de la Unión Geofísica Mexicana, vol. 2, núm. 1, pp. 1–2.

Brianda Itzel Fernández Rivas
Escuela María Molier A. C.

José Luis Salinas Gutiérrez
Programa de Entomología-Acarología,
Colegio de Postgraduados, Montecillo.
     

     
 
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Entre el saber universal y la creencia personal

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Ramón Peralta y Fabi
     
               
               
Las creencias y la fe asociada a ellas, si bien resultan de
una actividad social, fruto de la cultura de una colectividad, son en el fondo una experiencia personal, cambiante, e íntima. El conocimiento del mundo y su comprensión se adquieren socialmente y van cambiando en función de la experiencia y la cultura, pero —en contraste— sus elementos son sujetos de crítica y confrontación con la evidencia; no obstante, las respuestas —siempre temporales o tentativas— tienen un carácter universal. ¿Cómo es esto?
 
Cada uno tiene sus creencias y el derecho inalienable de que se le respete por ellas. Eso no significa que todas las creencias sean respetables o que se permita poner cualquier creencia en práctica. Pensar que los que profesan otra fe o ninguna deben ser eliminados es evidentemente inaceptable. Debe contrarrestarse, en primera instancia, con la tolerancia y la educación, promoviendo la reflexión en cada uno.
 
La historia humana es, en parte, una descripción de la intolerancia, particularmente la religiosa, y su consecuente violencia. No es solamente con la fuerza que se detendrá la guerra entre sunitas y shiítas, que cada facción percibe como santa desde su limitada perspectiva. Tampoco es claro que la barbarie del Estado Islámico, como se hace llamar ese grupo de fanáticos, se acabe con mayor violencia y armamento.
 
Contra lo que suponemos, la violencia ha ido disminuyendo con el tiempo. El porcentaje de seres humanos que han sido víctimas de la violencia se ha ido reduciendo a lo largo de los siglos; nuevas formas de organización social, a nivel local y global, han contribuido a este resultado. La violencia en los últimos cincuenta años fue menor que la de los cincuenta previos, y ésta que la del siglo xix. Cabe agregar que el análisis de los datos indica esta tendencia de manera clara y sistemática, aunque las tragedias locales en tiempo y espacio no dejan de ser atroces, cada uno conoce algún caso más preocupante que el otro y no hay continente ajeno a esta tragedia.
 
Qué es la religión
 
Se entiende por religión al conjunto de creencias, ritos, símbolos y preceptos que de manera organizada socialmente, a decir del sociólogo Émile Durkheim, buscan explicar y vincular una concepción del mundo y el ser humano con una autoridad superior, como una deidad o conjunto de éstas. Si bien es cierto que el carácter social de las religiones necesariamente conlleva el acuerdo entre personas, dando pie a las religiones formalmente organizadas, el resultado en la práctica es que hay un aspecto esencialmente personal y único en lo que cada uno cree; posiblemente se debe a que la cultura religiosa de cierto porcentaje de los creyentes sea sorprendentemente pobre.
 
Esta falta de conocimiento detallado de lo que la religión de cada uno trae consigo da pie a que sea relativamente fácil el tránsito entre una secta o denominación y otra, particularmente notorio en el caso de los cristianos, pero no exclusivo. No en balde, en los censos oficiales las iglesias prefieren ser agrupadas, más que desagregadas, y así no aparecer con números muy bajos o en claro descenso en sus adeptos, como les ocurre hoy día en la práctica.
 
¿Cuántos católicos, por ejemplo, conocen todos los dogmas que están obligados a aceptar sin matiz alguno? Bastaría revisar con cuidado cuáles acepta cada uno, una vez que se es consciente de ellos, para ubicarlo en alguna denominación; hay más de 36 000 denominaciones cristianas registradas en el mundo. Un aspecto nada trivial es en qué términos se entiende cada uno de los dogmas, cuando son comprensibles del todo. La Trinidad, en la que un Padre, su Hijo, y el Espíritu Santo forman uno solo, pero esencialmente diferentes, nada tiene de simple y mucho de interpretación y confusión. El mismo Isaac Newton, célebre científico y creyente, toda su vida, estudió este dogma y dejó escritos nada confusos sobre el origen y falta de sustento de la revelación.
 
Cómo ve cada católico la consagración en la misa, la transubstanciación, es algo tan variado como lo escrito al respecto. La “transformación del pan en el cuerpo y el vino en la sangre de Cristo” es vista por algunos como real y literal, aceptando esto como un milagro cotidiano a pesar de que es evidente que no es el caso. Otros pueden interpretar la consagración como un misterio inalcanzable a la mente humana, como se estableció en el Concilio de Trento en el siglo xvi, determinando que se modifican la esencia y la sustancia, pero sin que pueda el creyente común saber si es una metáfora, el símbolo de la tradición cristiana o el venerado recuerdo de una cena premonitoria y el final de una persona especial.
 
El sentido de la Inmaculada Concepción, la madre que conserva la virginidad, el sentido de la resurrección de Cristo y su ascensión, así como la asunción de su madre, las apariciones de ésta en muchísimos lugares del mundo o la infalibilidad del papa, varía de un católico al otro; en todos estos casos, y otros más elaborados, se demanda del creyente la aceptación textual del dogma, invocando lo misterioso del designio divino.
 
Sin que compartan con la religión católica la aceptación de un líder central que dirige y rige, para el judaísmo y el islamismo las cosas son semejantes por compartir con los cristianos una buena parte de lo que se llama el antiguo testamento. El Paraíso tiene innumerables variaciones en su interpretación, como las tienen las plegarias y el desempeño masculino al hacerlas, la percepción ante el infiel o el gentil, o ante los profetas como Abraham, Moisés, Jesús o Mahoma. Cómo se dirige cada uno a dios, cuándo y para qué, o el papel de los ángeles en la vida cotidiana de los fieles, el Génesis y el final... Para unos, la creencia de los otros se percibe como la falta de claridad, de sentido o de fe, cuando no la inaceptable confusión y justificación de su exterminio; cada una de las principales religiones monoteístas ha practicado el genocidio en aras de la pureza de su fe.
 
Una tarea del creyente es tratar de comprender qué creen quienes tienen otra religión y por qué ellos la consideran la correcta. Un interesante trabajo reciente reflexiona sobre las religiones en los Estados Unidos de América, revisando cierto número de religiones en ese país, no del todo ajenas al hispanohablante. Revisar otra fe, entender qué profesan los otros, es una forma de hacer una revisión de lo propio, de valorarlo y darle su justa dimensión, y generar dudas, por supuesto.
 
Religión individual
 
Una reflexión sencilla y unas cuantas conversaciones con los que profesan la “misma fe”, indican que lo que uno cree tiene poco en común con la creencia de los demás. Con unas cuantas preguntas es posible apreciar lo individual que son las creencias religiosas y cada uno va diferenciándose del otro en la interpretación y significado de los dogmas o principios esenciales.
 
Las creencias, sobre todo las que suponemos que compartimos con otros, con muchos otros, como las religiosas, paradójicamente resultan ser únicas, como cada uno de nosotros. Para convencerse basta con dedicar un poco de tiempo, relativamente poco, si se toma en cuenta que el asunto es (o debiera ser) una parte esencial de la persona creyente. Cada uno se debe a sí mismo la tarea de hacer un resumen de lo que cree que es dios y la relación que tiene con él. ¿Quién es dios, qué atributos tiene? y ¿cómo se deben entender su existencia ante la evidencia de la vida diaria, llena de confusión, maldad, injusticia, hambre, entre otras cosas? Una respuesta es que es misterioso, por decirlo de alguna manera o por citar la forma usual de enfrentar (eludir) estos temas.
 
Lo contrario, la claridad, la bondad, la justicia, la abundancia, la belleza resultan no tener misterio alguno —dicen— y cuando se poseen, en un gozo o se aceptan agradecidamente sin darse cuenta de que quienes no las poseen tienen los mismos merecimientos o mayores, insinuándose una injustica. Una vida errada, lejos de dios o renunciando a él, o un “final equivocado”, conlleva un castigo eterno, y esto se acepta como justo; lo que evidentemente es otro “misterio de dios”.
 
¿De qué es responsable dios y de qué no?, ¿acaso la pregunta es inadecuada o inaceptable?, ¿cuáles preguntas lo son?, ¿cómo sabemos qué nos pide, nos exige, y qué deja de dar, a quiénes y por qué? Cuando se miran estas dudas de frente parecen ser más complicadas que las preguntas que se supone se contestan con la existencia de dios (de dónde venimos, a dónde vamos, por qué estamos aquí, etcétera). Muchas de estas preguntas tienen respuestas fuera de la religión, desde luego; otras no, y es usualmente porque sólo quien cree en un ser superior se las hace.
 
Con toda seguridad, un buen número de quienes creen en dios aceptarían los dogmas que desconoce para seguir perteneciendo a su religión; otros simplemente dejarían de lado algunos porque consideran que no son esenciales y, sin mayor apuro, se identifican con la comunidad dominante o más cercana por razones familiares o sociales. Los menos reafirmarán su fe en un creador o autoridad suprema, más abstracta, y vivirán de acuerdo con las normas morales que les fueron inculcadas o que aprendieron a lo largo de su vida y, suponen, vienen de la religión que profesan. Sin embargo, los principios morales no provienen de las religiones, se generaron con la formación misma de la organización social, más evidente en las comunidades sedentarias, elaborando códigos de conducta que se aceptaban o imponían para hacer más llevadera la vida en común.
 
Parte de lo que JeanJacques Rousseau llamó el contrato social es esta gama de normas que difícilmente pueden verse como universales. No lo son, y es el sentido de la vida el que guía cómo sustentar la actuación cotidiana, la moralidad de nuestros actos. En este sentido es que algunas religiones recogen diversos principios, los hacen propios y los comparten entre sus seguidores con —acaso— alguna adaptación o matiz afines con su contenido.
 
Es algo muy antiguo. Para Aristóteles, por ejemplo, los principios morales son los que llevan al ser humano a florecer, a lograr la eudaimonia. Por su parte, Jeremy Bentham y John Stuart Mill consideraron que los principios morales son los que llevan a traer la felicidad a un mayor número de personas. Por supuesto, el origen, el sentido y la especificidad de las normas morales han sido siempre objeto de debate. Platón e Immanuel Kant, entre otros, imaginaron que estos principios son sólo el fruto de la razón, en contraste con David Hume, quien les concede una base más sustentada en las emociones; siempre, eso sí, de origen humano.
 
La religión y su contraste con el mundo
 
¿Con qué frecuencia reflexionamos sobre nuestras creencias personales y sobre su coherencia interna o con lo demás que constituye nuestra concepción del mundo? A lo largo de la vida se va recibiendo instrucción religiosa y secular sin que se analice la relación entre ellas y sus posibles contradicciones. La reflexión debiera ser continua, en tanto que vamos aprendiendo cosas todos los días o esperaríamos hacerlo. Es cierto que la adquisición de conocimiento significativo, el que lleva a la revisión de otras partes de nuestra visión global, es poco frecuente.
 
En ocasiones, un saber importante es el resultado de la acumulación y comprensión de muchas ideas, que a su vez configuran un cuerpo coherente de conocimientos. En contraste con la epifanía —casi momentánea— que representa una noticia o la cabal comprensión de una idea central en una lectura o una conferencia, lo usual es que las ideas se vayan asimilando paulatinamente hasta que, al pasar el tiempo, se hace conciencia de que se han trastocado seriamente las creencias personales que se sostenían anteriormente.
 
Lo que debiera ser inaceptable para cada persona es aceptar y sostener visiones contradictorias. Pero el desconocimiento de la propia religión hace más fácil sobrellevar la inconsistencia entre lo que se cree y lo que se percibe en la vida cotidiana o con la información irrefutable que se recibe. Cómo se entienden el mal, el hambre, la injusticia, cómo hacer aceptable que las vidas esencialmente ajenas de quien nace entre seda y cultura y quien nace en medio de una guerra, sin alimento, educación y futuro —muchos niños—, nunca habrán tenido la opción de algo al morir entre escombros y sed. Pensar que cada quien labra su propio destino es imaginar que el pobre está ahí porque no ha trabajado suficiente, mientras el joven graduado recibe la dirección de empresa del padre.
 
En México, la capilaridad social es un mito, menos de 20% accede a la universidad y sólo 32% se inscribe en alguna escuela de educación superior o estudió en alguna modalidad no escolarizada o mixta. Se estima, en consecuencia, que ganarán 70% más que quienes se quedaron sólo con el bachillerato.
 
Cómo pensar que un creador mantiene la atención sobre sus criaturas, que sabe todo, incluido el futuro; parece más bien un contrasentido que creara el mal, lo dejara actuar y, con frecuencia, que permita que lo poco que algunos han logrado se destruya, incluidos sus hijos. Éstas son parte de las confrontaciones entre lo que se cree y lo que se ve y se entiende de nuestro entorno, de la evidencia. Una tarea del creyente es buscar franquear la brecha entre lo que se cree y lo que se sabe.
 
El mundo y la ciencia
 
El avance de la ciencia ha ido reduciendo el ámbito religioso que, en una época o en un medio de cultura escasa, pretende responder a las preguntas que todos nos hacemos, especialmente en la infancia. La contradicción entre la noción de una creación divina del mundo que nos rodea y la propuesta por la ciencia es tan flagrante, que lo más sencillo para algunos es ignorar el tema por completo.
 
Alternativamente, se puede uno enfrascar en la labor interpretativa, compleja y difícil, de las fuentes de la revelación, los libros sagrados, para hacerlos compatibles con lo que hoy se sabe, es decir, hacer la tarea de exégeta. Los resultados son una mezcla de conceptos, términos y reinterpretaciones de lo escrito que atentan contra el sentido común.
 
Lo que hemos aprendido de nuestro entorno y la enormidad de la evidencia para soportar el conocimiento científico son abrumadoras. La evolución de la vida a lo largo de 3 500 millones años, descubierta en el siglo xix y hoy elemento esencial de las ciencias biológicas, la dinámica del planeta y su evolución constante desde su formación hace 4 500 millones de años, el corazón de las ciencias de la Tierra, teoría fundamentada en el siglo xx, y el origen del Universo hace cerca de 13 800 millones de años, médula de la cosmología, son algo mucho más que teorías alternativas a los actos de creación. Se amalgaman con lo que sabemos sobre los átomos y las moléculas, columna vertebral de la física, lo que entendemos del cuerpo humano y de otras especies y de la genética de la vida, del sorprendente vínculo entre todos los seres vivos, pasados y presentes, de sus deficiencias y virtudes.
 
Todavía existen muchísimas preguntas sin respuesta, áreas de conocimiento que apenas inician, hay cambios y ajustes en todas nuestras explicaciones actuales, y difícilmente habrá palabras finales. Si bien hay aspectos que no cambiarán nunca una vez establecidos como, por ejemplo, que nuestro planeta es (casi) redondo, gira sobre sí mismo y se mueve alrededor de una estrella, misma que se mueve en un conglomerado que llamamos la Vía Láctea. Que los seres vivos nacen y mueren, tienen las mismas bases genéticas, sin excepción y vinculándolos a todos, presentes y pasados (y futuros, si lo permitimos). Que los átomos de carbono (y los otros) son idénticos entre sí y algunas cosas más, muchas, y otras cambiarán con nuestra comprensión cada vez más fina y amplia. La naturaleza de la tarea sugiere que no se puede acabar.
 
¿Cómo respondería un súbdito de Ramsés III si le presentáramos evidencia de que Ra, su deidad principal, el Sol, es en realidad una inmensa bola incandescente de hidrógeno, generadora de reacciones nucleares que ocurren en su interior, forzadas por la gravedad? Si se ignora la evidencia, se puede seguir adorando el Sol, por supuesto, y alguien de esa época no tendría la capacidad de entenderla; habría que informarle, explicarle del sistema solar, de los viajes espaciales, y de los elementos, de la atracción de los cuerpos, etcétera. Hoy, nadie con una mínima cultura y sentido común considera nuestra estrella más cercana como un ser divino, salvo de manera metafórica.
 
En la ciencia, cada vez que algo deja de ser congruente con lo ya aceptado, se da un proceso de revisión, a veces difícil y largo, para reconsiderar las cosas; por ejemplo, la fuerza de gravedad nos permite entender por qué dos planetas se atraen o por qué caen los cuerpos sobre la superficie de la Tierra. Al descubrirse que los objetos en el firmamento, como las galaxias, se alejan unas de otras cada vez más rápido, se hace evidente que la ley de la gravitación debe ser modificada, aunque nos explique otras cosas muy bien. El reto es, sin dejar de explicar lo anterior, dar sentido a lo nuevo. Actualmente no hay una explicación satisfactoria a la acelerada expansión del Universo y a la forma en que las estrellas de cada galaxia giran en torno a su centro; predecimos entonces la existencia de materia y energía que no hemos detectado, y la llamamos oscura.
 
Ahora, si el paradigma debe ser cambiado de manera radical o sutilmente, será el resultado de más información, del trabajo creativo de algunos, de la revisión profunda de lo que parecemos entender. En este sentido, el quehacer científico difiere del fenómeno religioso de manera radical, pues este último no considera posible la reformulación de sus bases conceptuales y ninguna evidencia en contrario es suficiente para replantearlas.
 
Adicionalmente, en contraste con la fe, cada científico o persona que estudia lo que vamos aprendiendo del mundo en nuestro entorno comparte la misma visión. Esto merece ser calificado. Lo mismo entiende un investigador en Londres que en Bangkok o en Wonthaggi sobre la radiación de microondas, los ácidos ribonucleicos o el fulereno C60. Ninguno ha visto un átomo (ni lo verá) y lo que de éstos sabemos da pie a que cada uno se imagine algo diferente, personal, el meollo es que esta parte individual es irrelevante.
 
La variabilidad de perspectivas en la observación de los fenómenos no impide la comunicación entre físicos, químicos, ingenieros y biólogos ni afecta los datos que se extraen al hacer experimentos con ellos o manipularlos para su comprensión o nuestro beneficio. No hay una ciencia alemana, ni burundesa o paraguaya; lo que hay son desarrollos, políticas y condiciones diferentes.
 
En ciencia, la hermenéutica o exégesis pertinente, esto es la interpretación de las publicaciones científicas, es universal; usualmente (o preferentemente) expresada en lenguaje matemático. No significa que sea de fácil comprensión, como todos lo sabemos. La interpretación en palabras llanas se hace para fines didácticos o para frasear las cosas en el lenguaje cotidiano que ha sido creado para compartir alimentos o demandar derechos, pero difícilmente para expresar lo que no percibimos directamente a través de los sentidos. Una galaxia con miles de millones de estrellas que giran en torno a un agujero negro, los fotones que inciden sobre las moléculas de rodopsina en el interior de nuestros ojos y nos permite la visión o los neutrinos que produce el Sol en la fusión nuclear y nos atraviesan todo el tiempo son objeto de estudios cuantitativos diarios en los centros de investigación alrededor del mundo, pero son difíciles de explicar en términos simples.
 
Conclusiones
 
Ser parte de una iglesia o formar parte de la comunidad de una religión específica, que en la mayoría de los casos es la misma que fue transmitida por los padres y reforzada por el entorno, implica aceptar que se comparte con otros un conjunto de creencias. Éstas son recibidas de manera irracional, cimentadas en la fe, en tanto que son resultado de la ”revelación” por parte de un dios y no como fruto de una argumentación que inexorablemente lleva a ellas. No hay tales pruebas de la existencia de dios, entendidas como irrefutables. La fe de cada uno se constituye con la percepción personal y la interpretación de lo que le fue enseñado, con mayor o menor análisis de su parte.
 
Lo que un creyente escuchó en el púlpito o en boca de su madre, en lo que el padre le explicó o los maestros dijeron, así como las conversaciones con compañeros y amigos, van sumando a la visión que se tiene de todo ello a lo largo de la vida. La individualidad esencial de las creencias es parte de la razón por la que las religiones se sostienen; ante un sistema rígido, explícito e inmutable, las personas acaban fastidiándose y oponiéndose. Cuando cada uno tiene la posibilidad, tácitamente permitida, de elaborar su propia conclusión de lo que es o debe ser su fe, entonces aparece esa necesaria flexibilidad que nadie más reclama, salvo su dios, quien por otro lado nunca lo hace.
 
Se dice, a veces, que los magisterios de la religión y de la ciencia son diferentes y que cada uno toca distintas facetas de la realidad, una la espiritual y la otra la material, pero resulta que ambas abordan el mismo mundo en el que estamos embebidos. Llamarle espiritual a la parte abstracta, sensible y sutil de nuestros pensamientos, y material a las formas tangibles que nos atraviesan los sentidos es una metáfora afortunada para simplificar nuestra comunicación ya que, en realidad, se trata de facetas de una misma cosa.
 
Cuando la cultura helénica inventó el concepto del psyche fue precisamente para ello. No se puede negar la realidad de la belleza, la tristeza o el odio, como tampoco la objetividad de la enfermedad, el dolor y el frío. Es más sencillo hablar de las nubes y los mares que de los sentimientos o la atrocidad humana. Somos uno, con una dualidad que sólo es aparente. A tal ente integral y complejo, y a su entorno, es a lo que la ciencia se dedica.
 
Al abordar temas como el origen y el final, sea de una persona o del mundo, la religión está tratando de explicar algo que le es ajeno o procede recurriendo a lo contrario de lo que la ciencia hace, que es tornar nuestro entorno comprensible, inteligible, pero con base en la evidencia; para la ciencia no hay revelación ni dogma alguno, y su tarea sólo la puede llevar a cabo con un lenguaje universal, accesible a todos, y sin necesidad de la autoridad; la jerarquía es sólo organizativa y no dictamina en nada.
 
El edificio de la ciencia, por definición, es siempre temporal, se encuentra en construcción permanente, y la respuesta final posiblemente no existe. La “teoría de todo”, el reduccionismo, son sólo quimeras.
 
     
Referencias Bibliográficas
 
Dry, Sarah. 2014. The Newton Papers. Oxford University Press, Nueva York.
Nagel, Ernest y James R. Newman. 2008. El teorema de Gödel. Tecnos, Madrid.Pinker, Steven. 2011. The Better Angels of Our Nature. Why violence has declined. Viking Books, Nueva York.Stollznow, Karen. 2013. God Bless America: Strange and Unusual Religious Beliefs and Practices in the United States. Pitchstone, Durham.

     

     
Ramón Peralta y Fabi
Facultad de Ciencias,
Universidad Nacional Autónoma de México.Ramón

Físico y doctor en Ciencias con especialidad en dinámica de fluidos y física estadística. Ha sido director de la Facultad de Ciencias y de la Sedes UNAM- (Escuela de Extensión Universitaria) de Canadá y París. Se ha desempeñado como secretario general, vicepresidente y presidente de la Sociedad Mexicana de Física.
     

     
 
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Una perspectiva ambiental de Laudato si, la segunda Carta encíclica del papa Francisco

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José Antonio González Oreja
     
               
               
Antes de que se diera a conocer, se escucharon rumores
sobre el posible contenido de la segunda Carta encíclica del Papa Francisco y se decía que podría estar dedicada a “la ecología”. Laudato si significa alabado seas y en realidad es la primera encíclica escrita completamente por el actual papa. El nombre proviene del Cántico de las criaturas de San Francisco de Asís y el papa no quiso desarrollar su encíclica sin acudir a este modelo como ejemplo de excelencia en el cuidado de lo que es frágil en la naturaleza. Con esta guía, Francisco llama a desarrollar lo que denomina una “ecología integral”, que vaya más allá de la ciencia de las matemáticas y la biología y nos fusione con la esencia profunda de lo humano, incluyendo el asombro y la maravilla ante la belleza de la naturaleza.
 
Laudato si recoge el recorrido que hace el papa por los principales problemas ambientales a los que se enfrenta la madre tierra desde el inicio del siglo xxi, problemas que aquejan la casa común de todos los seres vivos; para el papa, la Tierra es una hermana que clama por los impactos que las actividades humanas están generando tras asumir, erróneamente, una función de dominio y explotación de sus recursos, y se dirige a todos sus habitantes partiendo de que la crisis ambiental es una consecuencia dramática de las actividades descontroladas de toda la humanidad.
 
En sus observaciones sobre los problemas ambientales incluye aportes de otros papas que, a su vez, recogieron reflexiones de científicos, filósofos, teólogos y organizaciones sociales que han enriquecido el pensamiento de la Iglesia acerca de estas cuestiones, como cuando señala que los avances científicos, técnicos y económicos, si no van acompañados por un progreso social y moral, se vuelven finalmente contra el ser humano.
 
Para el papa, cuidar y mejorar el mundo implica realizar cambios profundos en los estilos de vida, producción y consumo de la economía mundial, así como en las estructuras de poder que rigen nuestras sociedades, garantizando el respeto al ambiente; a la vez señala la opinión del patriarca Bartolomé: si los seres humanos destruyen la diversidad biológica, degradan la integridad de la Tierra y contribuyen al cambio climático, y si desnudan la superficie terrestre de sus bosques o destruyen sus zonas húmedas están cometiendo pecado.
 
El resto de la encíclica presenta varios aspectos de la crisis ecológica actual, asumiendo los mejores frutos de la investigación científica disponible; y aunque está dirigida a todas las personas de buena voluntad, retoma algunas razones de la tradición judeocristiana que permiten avalar el compromiso con el medio ambiente. En una parte se centra en lo que él denomina “el paradigma tecnocrático dominante” e intenta llegar a las raíces más profundas de la problemática situación. Tras ello propone algunos elementos de una ecología profunda, en la que todo está íntimamente relacionado con todo, para delinear grandes caminos de diálogo que nos ayuden a dejar atrás la espiral de autodestrucción en que estamos inmersos, la cual involucra tanto a los individuos como las naciones, la política internacional. Finalmente, con base en la experiencia espiritual cristiana, propone formas para lograr que el ser humano cambie y madure, reorientando el rumbo y nuestra relación con la casa común.
 
Una perspectiva ambiental
 
Con base en mi experiencia como científico, biólogo y profesor de varias materias relacionadas con temas ambientales, me interesa analizar la segunda encíclica de Francisco, en particular, detalladamente, el contenido del capítulo primero. Llama la atención que el documento reconoce que el cambio es una característica inherente a los sistemas complejos, como los seres vivos, y que la velocidad que nuestras actividades imprimen al cambio ambiental se opone al ritmo mucho más lento con el que suele discurrir la evolución biológica. Su mención a conceptos que no siempre se asimilan fácilmente, como es el caso de los sistemas complejos, amerita una definición: son conjuntos integrados de partes constituyentes íntimamente conectados, ya sea por relaciones directas o por bucles de retroalimentación positiva o negativa, en cuyo interior surgen propiedades nuevas, emergentes, que pueden acarrear consecuencias muchas veces insospechadas, que no podemos prever a simple vista, y que en ocasiones son indeseadas. El estudio de las dinámicas no lineales de los sistemas complejos lleva a concluir que, en general, es imposible predecir el estado de uno de tales sistemas más allá de cierto horizonte temporal, que es característico de cada fenómeno.
 
La mejor ciencia disponible hoy día nos dice que el medio ambiente global se comporta como un sistema complejo que aún resulta en gran medida desconocido; no sabemos con certeza qué elementos están conectados con qué otros, ni cómo, aunque muy probablemente sea cierto, que todo está relacionado, como dice el papa, que todo está conectado con todo. Como quiera que sea, no conocemos todas las consecuencias que van a acarrear las numerosas manipulaciones que, de modo consciente o no, los seres humanos estamos llevando a cabo en el sistema ambiental global.
 
Sin embargo, seguimos “jugando en los campos del Señor”, que es como el texto de la encíclica se refiere al fenómeno de la evolución biológica, el cambio que a lo largo del tiempo ha tenido lugar, y que aún tiene lugar, en los sistemas vivos, en contraposición a los rápidos cambios ambientales provocados por las actividades humanas, que pueden hacer que los sistemas biológicos no respondan a la misma velocidad, es decir, que no se adapten a las nuevas condiciones ambientales a medida que éstas cambian; es decir, el desajuste manifiesto de los seres vivos con su nuevo medio ambiente podría llevar a la desaparición de una fracción desconocida de la vida, tal y como la conocemos.
 
El cambio se vuelve aún más preocupante cuando amenaza al mundo y la calidad de vida de la humanidad. Por tanto, el papa enuncia sus principales motivos de preocupación, aquellos que ocasionan la pérdida generalizada de calidad ambiental en todo el planeta: 1) la contaminación promovida por lo que él denomina la cultura del derroche, el despilfarro y el descarte; estos elementos derivan directamente de los modelos económicos imperantes, de tipo lineal o abierto, en contraposición a un modelo circular de producción que resultaría mucho más afín a los ciclos biogeoquímicos de los elementos en la naturaleza; 2) el cambio climático por el calentamiento global que resulta del aumento en la concentración de los así llamados gases de efecto invernadero, cuyo origen actual más importante son las actividades humanas, y puede acarrear gravísimas consecuencias, aún peores para las poblaciones pobres de los países en vías de desarrollo; 3) el problema del agua, esto es, la pérdida en cantidad y calidad del recurso hídrico, indispensable para la vida en general y la vida humana en particular, un ejemplo de los modelos de gestión no racional de los recursos naturales que impulsan un consumo por encima de lo realmente necesario.
 
4) La pérdida de biodiversidad, es decir, la desaparición de las formas vivas y de los ecosistemas en donde se encuentran, desde las selvas tropicales siempre verdes hasta las especies que en ellos habitan —que en realidad los integran—, pasando por la diversidad de genes que podrían atesorar la clave para responder a numerosos problemas ambientales. En este caso, y en consonancia con ideas propias de algunas ramas de la ética del medio ambiente, reconoce que los seres vivos son depositarios de un valor intrínseco y merecen vivir por su simple existencia, aparte de los posibles usos o beneficios que nosotros podamos obtener. También señala que, en ocasiones, pareciera que los esfuerzos de la ciencia, la técnica y la ingeniería tratan de sustituir la belleza natural de las cosas, irremplazable e irrecuperable, por otra creada por nosotros.
 
En la naturaleza, en los sistemas ecológicos, hay elementos que realmente son indispensables e insustituibles, como las especies clave; cabe preguntarse qué sentido tiene afirmar, como a veces hacen los políticos que nos gobiernan, que quien comete un delito ambiental debe reparar el daño causado. ¿Es posible recuperar una especie que se ha deslizado por el vórtice de la extinción? ¿Sabemos corregir los daños ambientales provocados a la biodiversidad de sistemas complejos (como las selvas tropicales), con un limitado horizonte de predicción, cuando nuestro conocimiento sobre la naturaleza de sus intrincadas relaciones deja mucho que desear? Me atrevo a responder que no. Como científico e investigador preocupado por la financiación de ciencia, me resulta atrevido el texto del papa cuando señala que es necesario invertir “mucho más” en investigación para generar nuevo conocimiento que nos permita entender mejor el comportamiento de los ecosistemas y analizar adecuadamente las consecuencias que pueden desprenderse de las modificaciones y cambios ambientales.
 
5) La pérdida de calidad y degradación social de la vida humana en sentido amplio; el papa no puede dejar de prestar atención a los efectos que la suma combinada de la degradación ambiental, los actuales modelos económicos de consumo masivo y la cultura del descarte producen en la vida de las personas. Es el caso de la urbanización creciente de las poblaciones humanas y la desigualdad en el acceso y el consumo de fuentes de energía y otros servicios; para él, éstos son síntomas de que los avances logrados en los últimos siglos no implican un verdadero progreso y una mejora en la calidad de vida de la persona; y 6) otros factores que, sostiene, contribuyen a generar la problemática situación ambiental en la que nos encontramos: a) la desigualdad en cuanto a las consecuencias de los cambios ambientales, pues siempre serán los excluidos y los más pobres (miles de millones de personas), quienes sufran los daños más graves; b) la debilidad de las reacciones que se manifiestan frente a esta crisis sin un liderazgo político internacional que marque el camino a seguir y sometidas a los poderes económicos de un divinizado mercado global; y c) la diversidad de opiniones en torno a los problemas ecológicos y su resolución.
 
Termina el capítulo primero con la observación de que la Iglesia no tiene por qué proponer una palabra definitiva sobre muchas de estas cuestiones y entiende que debe escuchar y promover el debate sincero entre expertos, respetando la diversidad de opiniones, pero reconoce que es necesario reorientar el rumbo de la humanidad para resolver los problemas antes señalados.
 
El recorrido por los principales problemas ambientales que realiza la encíclica del papa está en consonancia con el contenido de cualquier libro moderno sobre ciencias ambientales, numerosos conceptos son comunes a ellos: complejidad, contaminación, gases de invernadero, generación de residuos, cambio climático, desforestación, fragmentación del hábitat, energías renovables, pérdida de biodiversidad, urbanización, globalización, patrones de consumo, sustentabilidad, etcétera.
 
En este sentido, la encíclica del papa cumple con lo que propuso al inicio: asumir los mejores conocimientos disponibles de la investigación científica sobre el medio y fungir como una base sólida para trazar un itinerario ético y espiritual que permita avanzar en la dirección correcta. Y lo desarrolla en el resto de los capítulos.
 
Reflexiones finales
 
El texto de la Carta encíclica de Francisco me recuerda a otros que leí tiempo atrás. En primer lugar, me refiero a cierto escrito del difunto Carl Sagan, el reconocido astrofísico, cosmólogo y divulgador de la ciencia: Miles de millones, considerado por muchos como su testamento ideológico; en el capítulo 13, llamado apropiadamente “Religión y ciencia: una alianza”, sostiene que sólo hay una Tierra y, nos guste o no, nos hemos convertido en la especie dominante en este planeta. Somos capaces de provocar cambios devastadores en el medio global, al cual estamos exquisitamente adaptados, tal y como todos los demás seres con quienes compartimos la Tierra, aunque la dinámica metabólica de nuestras sociedades modernas es muy probablemente insostenible en el largo plazo, tal y como sugieren, por ejemplo, las medidas de su huella ecológica. Somos un peligro para nosotros mismos y para los otros; tanto es así que, en un juego de palabras de truculento significado, Sagan concluye que se necesitan seres humanos que protejan la Tierra de los seres humanos, mencionando que el propio Juan Pablo II había señalado la necesidad de alentar y alimentar los ministerios integradores en un mundo en el que tanto la ciencia como la religión pudieran florecer.
 
De manera similar, el biólogo evolutivo Francisco J. Ayala, en su recomendable libro Darwin y el diseño inteligente: creacionismo, cristianismo y evolución, dice que no tiene por qué haber oposición entre ciencia y religión, ya que se ocupan de distintos ámbitos de la realidad. Se trata, claro está, de los nonoverlapping magisteria del ya difunto Stephen J. Gould.
 
En esta línea de trabajo común de ciencia y religión, entre 1980 y 1990 tuvo lugar en cinco ocasiones el “Foro Global de Líderes Espirituales y Parlamentarios”, el cual permitió asentar la idea de una conciencia global sobre la supervivencia humana, lo que en términos de Francisco podríamos llamar “ecología integral”. No me resisto a leer las palabras del propio Carl Sagan cuando narra su experiencia en el encuentro de Moscú: “De pie bajo una enorme fotografía de la Tierra vista desde el espacio, contemplé una abigarrada y variopinta representación de la maravillosa variedad de nuestra especie: la Madre Teresa y el cardenal arzobispo de Viena, el arzobispo de Canterbury, los grandes rabinos de Rumania y Gran Bretaña, el gran Mufti de Siria, el metropolitano de Moscú, un anciano de la nación onondaga, el sumo sacerdote del Bosque Sagrado de Togo, el Dalai Lama, clérigos jainistas resplandecientes en sus blancos hábitos, sijs tocados con turbantes, swamis hindúes, monjes budistas, sacerdotes sintoístas, protestantes evangélicos, el primado de la Iglesia armenia, un Buda viviente de China, los obispos de Estocolmo y Harare, los metropolitanos de las iglesias ortodoxas y el jefe de jefes de las seis naciones de la Confederación Iroquesa; y con ellos el secretario general de Naciones Unidas, el primer ministro de Noruega, la fundadora de un movimiento feminista para la repoblación forestal de Kenya, el presidente del World Watch Institute, los dirigentes de la unicef, el Fondo para la Población y la unesco, el ministro soviético de Medio Ambiente y parlamentarios de docenas de naciones, incluyendo senadores, miembros de la Cámara de Representantes y un futuro vicepresidente de Estados Unidos”. En verdad, añado, una representación maravillosa de la diversidad de la humanidad, todos unidos por un bien común, el futuro de nuestra casa.
 
Más adelante, Sagan señala que “se insistió constantemente en la vinculación de todos los seres humanos”, todos estamos conectados, diría Francisco. Varios científicos de renombre dieron forma a un documento que presentaron, poco después, a los líderes religiosos de todo el mundo y obtuvieron una respuesta claramente positiva. Desde un punto de vista esperanzador, Sagan señaló que la crisis ambiental no representa necesariamente un desastre. En su interior se esconde, también, un enorme potencial para que se hagan presentes la capacidad humana de cooperación, el talento y la dedicación que no han sido explotados, quizás ni siquiera imaginados. Es posible que la ciencia y la religión difieran acerca del origen de la Tierra, dijo Sagan, pero cabe coincidir en que su protección merece nuestra profunda atención y nuestros afanes más entusiastas. Me atrevo a ubicar la Carta encíclica del papa Francisco en este marco de acción global.
 
Quiero terminar mencionando el otro texto con el que he relacionado dicho documento, me refiero a la llamada Carta del Jefe Indio Seattle, de mediados del siglo xix, que se convirtió en los años setentas del siglo xx en uno de los símbolos del movimiento ecologista, al cual se refiere Francisco en varias ocasiones a lo largo de su encíclica.
 
Noah Seattle o Sealth fue el líder de las tribus amerindias squamish y duwamish, habitantes del actual estado de Washington, en los Estados Unidos de América. No cabe duda de que fue una figura de importancia entre los suyos; gran orador, en 1854 pronunció un famoso discurso en respuesta a la pretensión de las autoridades blancas de “comprar” las tierras de los pueblos indios. De acuerdo con lo que podríamos llamar la versión “canónica” de la Carta, también el Jefe Indio Seattle dijo que todas las cosas están conectadas, afirmó que la Tierra no le pertenece al ser humano y que no somos dueños de la frescura del aire, ni del centelleo del agua y, como San Francisco, llamó a la Tierra nuestra madre, a los ríos, los venados y el águila majestuosa, nuestros hermanos, y a las flores perfumadas, nuestras hermanas.
 
Hoy sabemos que, aunque válido como símbolo y profundamente inspirador para muchos de aquellos que lo leyeron en algún momento de sus vidas (como es mi caso), el bellísimo texto del Jefe Indio Seattle es históricamente falso.
 
La encíclica de Francisco es cierta, tan cierta y verdadera como la preocupación que siente por este planeta herido. Acompañémosle y hagamos de ésta, entre todos, una mejor casa común.
 
     
Referencias Bibliográficas
 
Ayala, F. J. 2007. Darwin y el diseño inteligente: creacionismo, cristianismo y evolución. Alianza, Madrid.
Gould, S. J. 1997. “Nonoverlapping magisteria”, en Natural History, núm. 106. pp. 16-22.
Gould, S. J. 1998. Leonardo’s mountain of clams and the Diet of Worms: essays on natural history. Harmony Books, Nueva York. Pp. 269-283.
Marcó Del Pont Lalli, R. 2000. “Lo que nunca dijo el jefe Seattle”, en Gaceta Ecológica, núm. 57. pp. 61-72 (véase, también: “Jefe Seatle” en:
https://es.wikipedia.org/wiki/Jefe_Seattle).
Sagan, C. 1998. Miles de millones. Ediciones B, Barcelona.

     

     
José Antonio González Oreja
Departamento de Ciencias Biológicas,
Universidad Popular Autónomadel Estado de Puebla.

José Antonio González Oreja: Departamento de Ciencias Biológicas. UPAEP, Universidad Popular Autónoma del Estado de Puebla.
     

     
 
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